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Chapter 1 - EL LLANTO DETRÁS DE LA PAREDEl pasillo principal de la mansión Ashcroft estaba diseñado para impresionar.

Largo.

Brillante.

Cubierto de paneles de madera tallada y apliques dorados.

Dos hileras de candelabros derramaban una luz cálida que hacía relucir las copas de champán y el mármol crema del suelo. Al fondo, detrás de unas puertas abiertas, se oía el murmullo elegante de una recepción: invitados bien vestidos, música de cuerdas, brindis contenidos y risas correctas.

Todo parecía perfecto.

Hasta que Elena Ward dejó de escuchar la música.

La mujer de treinta y dos años, estadounidense blanca, vestida con un elegante vestido dorado que caía limpio hasta los tobillos, se había apartado del salón principal apenas un minuto para responder una llamada que nunca llegó. Fue entonces cuando oyó algo que no pertenecía a aquel lugar.

Un sollozo.

Muy bajo.

Ahogado.

Como si viniera de detrás de la propia pared.

Elena se quedó quieta.

Volvió a oírlo.

No era el viento.

No eran tuberías.

No era una ilusión producida por el bullicio lejano.

Era un llanto.

Se acercó despacio al panel decorativo de la izquierda, una sección de pared recubierta por molduras blancas y una gran pieza ornamental de yeso. Apoyó la mano, contuvo la respiración y volvió a escuchar.

Esta vez fue más claro.

Un quejido infantil.

Elena golpeó con los nudillos.

—¿Hay alguien ahí?

Durante un segundo no obtuvo respuesta.

Luego, del otro lado, un leve arañazo.

Y después, un llanto más urgente.

Elena dio un paso atrás, mirando la pared como si de pronto se hubiera convertido en algo vivo. No se molestó en actuar con delicadeza. Tomó del pedestal cercano un pesado candelabro de bronce decorativo y descargó un golpe seco contra la superficie.

El yeso se agrietó.

El sonido atrajo la atención de varios invitados que asomaron la cabeza desde el salón. Un par de mujeres se llevaron la mano al pecho. Un camarero dejó una bandeja inmóvil en el aire. Nadie habló.

Elena volvió a golpear.

La grieta se ensanchó.

Saltaron trozos blancos al suelo.

Del interior salió una bocanada de aire viejo, oscuro, encerrado.

Y entonces Elena gritó, con la voz rota por la alarma:

—¡Escuché a alguien llorando detrás de esta pared!

El pasillo entero se paralizó.

Un hombre mayor de sesenta y cinco años, estadounidense blanco, distinguido y de esmoquin impecable, apareció de inmediato desde el extremo opuesto del corredor. Era Victor Ashcroft, el patriarca de la mansión. Su cabello plateado estaba perfectamente peinado, pero la expresión de su rostro no tenía nada de control aristocrático.

Tenía miedo.

No uno decoroso.

No uno digno.

Miedo verdadero.

Elena, sin apartar la vista del hueco que acababa de abrir, introdujo una mano entre los restos de yeso y tiró de un fragmento suelto. La abertura se hizo mayor.

Dentro, entre la oscuridad, algo se movió.

Un pequeño rostro sucio apareció apenas unos centímetros.

Una niña.

Ocho años, quizá un poco menos.

Piel pálida.

Cabello castaño enredado.

Rostro manchado.

Ojos descomunales de terror.

Miraba la luz como si le doliera.

Su voz salió débil y temblorosa:

—Por favor... ayúdame...

Un estremecimiento recorrió a los invitados. Nadie se atrevía a intervenir. El único sonido era la música lejana que seguía tocando en el salón principal, obscenamente elegante frente al horror que acababa de abrirse en aquella pared.

Elena cayó de rodillas frente al hueco.

—Tranquila, cariño. Voy a sacarte.

Introdujo ambos brazos para retirar más material y ampliar el espacio. La niña retrocedió un poco, asustada por la caída del polvo, pero no apartó los ojos de ella.

Fue entonces cuando Victor llegó hasta allí.

Su compostura había desaparecido por completo.

—¡No! —gritó, fuera de sí—. ¡Apártate de esa pared!

Elena giró la cabeza, incrédula, sin levantarse.

—¡Hay una niña ahí dentro!

Victor se acercó un paso más, demasiado rápido, demasiado alterado para alguien que debería haber reaccionado con compasión o con escándalo. Varias personas vieron lo mismo que Elena: no estaba horrorizado por la existencia de la niña.

Estaba aterrorizado porque la hubieran encontrado.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo él, casi jadeando—. Aléjate ahora mismo.

Elena no obedeció.

Volvió a tirar de un listón interior, lo arrancó, y la abertura se ensanchó lo suficiente para que la pequeña pudiera acercarse más. Entonces la niña quedó parcialmente visible entre la sombra: tenía los brazos raspados, una manga rota y marcas rojizas en una muñeca.

Miró directamente a Elena.

Y dijo la frase que destrozó cualquier duda posible:

—Elena, no dejes que él me lleve otra vez...

El tiempo se detuvo.

Elena sintió que se le helaba la sangre.

Los invitados no reaccionaron todavía. Nadie gritó. Nadie preguntó. Fue peor: un silencio absoluto cayó sobre el pasillo como una tapa de plomo.

Elena volvió lentamente la cabeza hacia Victor.

El hombre estaba pálido.

Más pálido que el yeso roto a sus pies.

Y justo antes de que alguien se atreviera por fin a moverse, Elena vio algo dentro de la cavidad, detrás de la niña: una cadena corta sujeta a un aro de hierro atornillado a la madera interior.

No era un escondite.

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Era una celda.

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