Chapter 2 - LA MUJER DE ROJO NO SE VALa ambulancia llegó ocho minutos después.

Nathan los contó todos.
Los contó porque no podía hacer otra cosa mientras sostenía a Poppy en brazos y observaba a Claire inconsciente sobre el suelo. Cada segundo parecía una acusación.
Los paramédicos entraron con una camilla, equipo médico y movimientos rápidos. Uno de ellos se arrodilló junto a Claire mientras otro hacía preguntas.
—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?
Nathan negó.
—No lo sé. La encontró mi hija.
—¿Tomaba algún medicamento?
—No regularmente.
—¿Alcohol?
—No esta mañana.
El paramédico observó el vaso roto.
Luego el frasco naranja.
—No toquen eso.
Nathan ya lo había pensado.
Había usado una servilleta limpia para impedir que nadie lo pisara y había llamado a seguridad de la casa para que nadie entrara en la cocina.
Vanessa permanecía cerca de la puerta.
Demasiado cerca.
—Deberíamos ir con ella —dijo, intentando sonar útil.
Nathan la miró.
—Tú no vas a ninguna parte.
Ella frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Poppy dijo que tú le diste la leche.
—Poppy tiene cuatro años.
—Precisamente por eso no tiene ningún motivo para inventar algo tan específico.
Vanessa apretó los labios.
—Claire y yo hablamos esta mañana. Eso es todo.
—¿En la cocina?
Silencio.
—Vanessa.
—Sí.
Nathan sintió un golpe seco en el pecho.
—Entonces mentiste hace diez minutos cuando dijiste que ni siquiera estabas aquí.
Ella respiró hondo.
—Quise decir cuando colapsó.
—No fue lo que dijiste.
Poppy estaba ahora en brazos de la niñera principal, Martha Lane, que había corrido desde el piso superior. La niña no dejaba de mirar a su madre.
Antes de que los paramédicos sacaran a Claire, Poppy empezó a gritar.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Nathan fue hacia ella.
—Voy con mamá. Tú vienes detrás con Martha.
—No.
—Cariño—
—No me dejes.
Nathan se arrodilló.
—No te voy a dejar.
La niña lloraba tanto que apenas podía respirar.
—Ella dijo que mamá estaba cansada.
Nathan se quedó quieto.
—¿Quién?
Poppy señaló otra vez hacia Vanessa.
La mujer del vestido rojo perdió color.
—Poppy, cariño, no—
Nathan se levantó de golpe.
—Te dije que no le hables.
La policía llegó poco después, llamada por Nathan a raíz del frasco y del testimonio de la niña. Dos agentes acordonaron la cocina y tomaron fotografías. Un detective de guardia llamado Samuel Ortiz revisó la escena sin tocar nada.
—¿El frasco es suyo? —preguntó a Vanessa.
Ella miró el recipiente.
—Sí.
Nathan sintió que se le tensaba la mandíbula.
—¿Qué contiene?
Vanessa levantó la barbilla.
—Medicamento para la ansiedad.
Samuel anotó.
—¿Recetado a usted?
—Sí.
—¿Por qué estaba en su bolso?
Vanessa soltó una risa nerviosa.
—Porque es mi medicamento. ¿Dónde esperaba que estuviera?
La respuesta era lógica.
Eso era lo más peligroso.
Nathan la observó.
—Entonces no te importará que lo revisen.
Vanessa lo miró directamente.
—No.
Pero sus dedos temblaban.
Samuel lo vio también.
Pidió que el frasco fuera embalado y enviado junto con muestras del líquido del suelo, restos del vaso y cualquier otro elemento relevante.
Nathan no preguntó todavía qué creían que podía haber ocurrido. No quería una teoría.
Quería hechos.
En el hospital, Claire fue ingresada para observación intensiva. Estaba estable, pero no respondía con normalidad. Los médicos hablaron de posible intoxicación, reacción metabólica, desmayo profundo o interacción con una sustancia aún no identificada.
No confirmaron nada.
Nathan escuchó cada palabra.
Vanessa apareció en el hospital una hora después.
Él la vio en el corredor y sintió una furia inmediata.
—Te dije que no vinieras.
—Quería saber si Claire estaba bien.
—¿Por qué?
Ella se quedó inmóvil.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
Nathan se acercó.
—Una bastante simple.
Vanessa miró a su alrededor. Había enfermeras, visitantes, un policía al final del pasillo.
Bajó la voz.
—Porque es tu esposa.
—Y tú eres qué, exactamente.
La pregunta tenía muchas capas.
Vanessa desvió la mirada.
Hasta esa mañana, ella había sido una amiga de la familia. Más exactamente, una amiga antigua de Nathan que, tras varios años viviendo fuera, había regresado seis meses antes para trabajar como asesora de eventos de la fundación Cole.
Claire nunca había terminado de confiar en ella.
Nathan sí.
Ahora la palabra confianza le resultaba casi obscena.
—Yo vine por trabajo —dijo Vanessa.
—A mi casa a las ocho de la mañana.
—Teníamos una reunión sobre la gala.
—Y preparaste leche para mi esposa.
Vanessa respiró hondo.
—Claire me pidió algo de beber.
—Poppy dijo que tú se lo diste.
—Eso no significa que yo haya hecho nada.
Nathan no respondió.
Vanessa se acercó apenas.
—No dejes que una escena horrible te haga destruir todo lo que sabes de mí.
Nathan la miró durante varios segundos.
—Ese es el problema.
—¿Qué?
—Estoy empezando a pensar que nunca supe nada.
La puerta de la habitación de Claire se abrió.
Un médico salió.
Nathan giró al instante.
—¿Cómo está?
—Está despertando.
Nathan sintió alivio.
—¿Puede hablar?
—Un poco. Pero está desorientada.
Entró.
Claire tenía los ojos abiertos, débiles, confusos. Cuando vio a Nathan, sus labios temblaron.
—Poppy...
—Está bien. Está con Martha.
Claire cerró los ojos.
—Gracias.
Nathan se sentó junto a ella.
—Necesito saber qué recuerdas.
Claire respiró con dificultad.
—Cocina.
—Sí.
—Vanessa.
Nathan se tensó.
—¿Qué pasó?
Claire intentó pensar.
Su rostro se contrajo.
—Ella vino... temprano.
—¿Te dio leche?
Claire cerró los ojos otra vez.
—No sé.
Nathan sintió frustración y miedo.
—Claire, Poppy dice que sí.
La mujer abrió los ojos de golpe.
—Poppy vio...
—Sí.
Claire tragó saliva.
—Entonces ella vio demasiado.
Nathan se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Claire miró hacia la puerta.
—¿Vanessa está aquí?
—Sí.
El miedo apareció de inmediato.
—No la dejes entrar.
—No lo haré.
Claire tomó la mano de Nathan con fuerza sorprendente para su estado.
—Escúchame. Antes de caer... encontré algo.
—¿Qué?
—En su bolso.
Nathan dejó de respirar.
—¿El frasco?
Claire negó.
—No.
—Entonces ¿qué?
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Sus dedos se cerraron más sobre la mano de él.
—Una foto de Poppy.
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