Chapter 5 - EL MÉDICO DE LA CASASubieron del sótano con el pulso acelerado.

El contraste entre la oscuridad de la “casa de muñecas” y la luz refinada de la planta principal hacía que la mansión entera pareciera una mentira construida sobre otra mentira más vieja.
El comedor estaba casi vacío. Varios invitados se habían marchado discretamente, incapaces o poco dispuestos a seguir siendo testigos. Los que quedaban susurraban en grupos pequeños. Nadie se atrevía a sentarse ya a la mesa.
Ferrer aguardaba en el salón contiguo.
Cincuenta y tantos años.
Traje gris impecable.
Maletín de cuero.
El rostro compuesto de un hombre acostumbrado a entrar en casas ricas cuando el desastre debe manejarse sin ruido.
Alicia estaba a su lado, ya limpia del desastre del vestido dorado, envuelta en un batín de seda color champagne. La rapidez con que se había cambiado parecía un detalle menor, pero para Gabriel resultó obscena: había tenido tiempo para recomponerse mientras él descubría el cuarto donde encerraban a su hija.
Ferrer levantó las manos con cautela profesional.
—Señor Gabriel, me llamaron por una posible crisis.
Gabriel casi se rió de puro asco.
—Sí. La de ustedes dos.
El médico frunció apenas el ceño.
—No entiendo el tono.
Esteban apareció detrás con el rostro ceniciento.
—Yo sí.
Ferrer lo miró con una mezcla de inquietud y cálculo.
—Señor Villacrés, quizá convenga que todos bajemos las emociones. La niña está alterada. La exposición al conflicto puede…
—No vuelvas a acercarte a mi hija —dijo Gabriel.
La frase sonó baja, fría, final.
Emma se aferró más a su cuello y susurró:
—Papá, el video.
Gabriel colocó la maleta de Ferrer sobre una consola, apartó con el pie una bandeja caída y miró la pantalla del reloj. Había un archivo etiquetado con una hora de la noche anterior.
Lo reprodujo.
Se escuchó primero la voz de Alicia.
—No aguanta mucho más. Sigue pidiendo a su padre.
Luego la de Ferrer, suave, repulsivamente tranquila.
—Entonces aumenta la presión. Un poco de sedante en la leche y otra noche en el cuarto harán que colabore.
El reloj tembló levemente en la muñeca de Emma cuando su respiración se agitó.
Pero el audio seguía.
Alicia:
—¿Y si Gabriel vuelve antes de la firma?
Ferrer:
—Entonces presentaremos a la niña como descompensada por el duelo y a él como padre negligente. Ya está preparado el informe.
Ramiro se llevó una mano a la boca.
Esteban dejó caer el peso del cuerpo sobre la mesa más cercana.
Gabriel sintió el deseo real de saltar sobre ambos.
Ferrer, por primera vez, perdió algo de color.
—Eso está manipulado.
Alicia reaccionó enseguida.
—Claro que lo está. La niña pulsa cosas, graba sonidos, mezcla voces. Está traumatizada.
Emma apretó el reloj contra su pecho.
—No mientas…
Gabriel la sostuvo mejor y alzó la mirada hacia Ferrer.
—¿Le diste sedantes?
—Yo jamás medicaría a una menor sin…
Gabriel le mostró la carta de Lucía.
—Mi esposa escribió tu nombre antes de morir.
El médico se quedó inmóvil un segundo demasiado largo.
Después intentó recuperar la compostura.
—Lucía atravesó un estado de paranoia clínica en sus últimas semanas. Ya se lo expliqué a la familia.
Esteban levantó la cabeza de golpe.
—¿Paranoia?
Ferrer asintió, viendo una oportunidad.
—Sí. Desconfianza, ansiedad, sospechas irracionales…
Gabriel abrió la carpeta azul encontrada en el sótano y dejó a la vista las notas crueles de Alicia.
—¿También era paranoia esto?
Ferrer ya no respondió tan rápido.
Alicia dio un paso adelante.
—Están desviando todo. La verdadera pregunta es por qué Gabriel dejó a la niña conmigo si tan mala le parezco ahora.
Gabriel giró lentamente hacia ella.
—Porque me mentiste.
—No. Porque eras cómodo.
La frase le golpeó donde más dolía.
Y aun así, por peor que resultara escucharla, ya no cambiaba la realidad.
Emma se movió levemente en sus brazos.
—Papá… el pendrive de mamá.
Gabriel lo sacó del bolsillo.
Ramiro trajo un portátil del despacho.
Lo conectaron en la misma sala.
Dentro solo había tres archivos de audio y un PDF escaneado.
Gabriel abrió primero el PDF.
Era una copia parcial de un informe de laboratorio. No entendió todos los datos, pero una línea estaba subrayada a mano por Lucía:
“Presencia de benzodiacepina no prescrita.”
La fecha correspondía a un análisis hecho tres semanas antes de su muerte.
Ferrer palideció.
Esteban lo vio.
—¿Qué es eso?
Gabriel abrió el primer audio.
La voz de Lucía, cansada pero lúcida, llenó la sala.
—Grabo esto porque Ferrer insiste en que mis mareos son ansiedad, pero hoy el laboratorio mostró algo que no deberían haber encontrado en mi sangre. Si me pasa algo, Gabriel debe revisar mis medicinas y mantener a Emma lejos de Alicia.
La sala quedó congelada.
Alicia dio un paso atrás.
Ferrer apretó la mandíbula.
Gabriel abrió el segundo audio.
Ahora se oían dos voces en discusión.
Lucía:
—No volverás a tocar mis dosis.
Ferrer:
—Está interpretando mal todo.
Alicia, claramente al fondo:
—Mientras siga viva, no podremos mover nada.
Emma escondió el rostro.
Esteban cerró los ojos, como si el peso de la culpa le aplastara la espalda.
Alicia levantó una mano.
—Eso no demuestra—
Gabriel la cortó con un rugido:
—¡Calla!
Su voz hizo temblar hasta al propio Ramiro.
Ferrer retrocedió un paso.
—Señor Gabriel, será mejor que no convierta esto en un juicio emocional.
Gabriel lo miró con una intensidad devastadora.
—Tienes razón.
Hizo una pausa.
—Lo convertiré en uno penal.
Tomó el teléfono del aparador y marcó a la policía.
Pero antes de que pudiera hablar, el tercer audio comenzó a reproducirse solo, porque Emma, sin querer, había rozado la pantalla del portátil al moverse.
Y la voz que sonó no era la de Lucía.
Era la de Esteban.
—Si Alicia consigue la tutela temporal, ¿el fideicomiso pasa a gestionarse sin intervención de Gabriel?
Nadie en la sala respiró.
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Porque el abuelo acababa de quedar dentro de la conversación.
Y nadie sabía aún si como sospechoso… o como cómplice.
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