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Chapter 4 - LA CASA DE MUÑECAS DEL SÓTANOEl corredor hacia el sótano olía a madera vieja, humedad y vino almacenado.

Ramiro caminaba delante con la linterna. Esteban lo seguía con respiración pesada. Gabriel llevaba a Emma en brazos y sentía su pequeño corazón latir con violencia contra su pecho. Detrás, dos empleados de seguridad intentaban alcanzarles. Más atrás quedaban los murmullos, la vergüenza y el lujo del comedor.

La mansión parecía otra cosa desde ese pasillo.

Más vieja.

Más oscura.

Más capaz de guardar secretos.

Ramiro empujó una puerta secundaria junto a la cava principal. Detrás apareció un pequeño tramo de escalones y un corredor estrecho que terminaba en una pared revestida con paneles de madera.

—Aquí —dijo.

Tocó un punto concreto del marco.

Se oyó un clic.

Un panel lateral cedió, dejando al descubierto una puerta baja pintada de blanco, con dibujos descoloridos de flores y muñecas antiguas. A cualquier otra persona, en otra circunstancia, habría podido parecer un cuarto infantil olvidado.

Pero cuando Gabriel vio el pestillo exterior, sintió que algo en él se quebraba.

Se podía cerrar por fuera.

Emma escondió el rostro.

—No quiero entrar.

Gabriel la besó en la frente.

—No vas a entrar. Nunca más.

Abrió la puerta.

El aire viciado salió de golpe.

La linterna reveló una habitación pequeña con estanterías, una cama estrecha, una mesita, juguetes polvorientos y varias muñecas antiguas apiladas en una esquina. El lugar tenía una apariencia casi decorada… hasta que uno veía las rejas internas en la ventana diminuta y la argolla metálica atornillada al lateral de la cama.

Esteban soltó una maldición ahogada.

Gabriel casi no pudo dar un paso al principio.

La idea de Emma allí abajo, sola, encerrada, bastaba para volverle la visión roja.

Ramiro iluminó el escritorio pequeño.

Había dibujos infantiles.

Un vaso de plástico.

Y una carpeta azul.

Gabriel se acercó sin bajar a Emma. Abrió la carpeta.

Dentro había hojas de seguimiento con fechas.

“Emma lloró 37 min. No cedió.”

“Rehusó llamar ‘mamá Alicia’. Sin postre.”

“Insiste en pedir a su padre. Aumentar aislamiento.”

El documento estaba firmado con la inicial A.

Esteban se apoyó en la pared.

—Dios mío…

Gabriel siguió buscando.

Encontró fotografías.

Su hija dormida.

Su hija sentada en esa misma cama.

Su hija con las rodillas abrazadas, llorando.

Le costó respirar.

—Papá… —dijo Emma muy bajito— debajo de las muñecas.

Ramiro apartó las cajas polvorientas.

Debajo había un pequeño cofre blanco con pegatinas infantiles. No estaba cerrado con llave. Gabriel lo abrió.

Adentro encontró objetos que reconoció al instante.

El collar de Lucía.

Un pañuelo de seda suyo.

Una libreta de recetas médicas.

Y una carta doblada con la letra de su esposa.

Gabriel la abrió con dedos rígidos.

Estaba fechada dos semanas antes de la muerte de Lucía.

“Si estás leyendo esto, es porque Alicia ha ido más lejos de lo que temía. Emma me dijo que la lleva al cuarto de abajo cuando tú no estás. No he querido alarmarte sin pruebas, pero si mi salud empeora de forma repentina, desconfía de ella y del doctor Ferrer. No permitas que nuestra hija quede sola con esa mujer. Está interesada en algo más que en la casa.”

Gabriel se quedó inmóvil.

La respiración de Esteban cambió al leer por encima de su hombro.

—Lucía sospechaba…

Gabriel levantó la vista, devastado.

—Y yo no la escuché.

Emma tocó su mejilla.

—Papá…

Él la abrazó más fuerte, ahogando la culpa un segundo para no desmoronarse delante de ella.

Ramiro encontró algo más al fondo del cofre.

Un pendrive plateado.

Y debajo, un papel con una sola frase:

“Audio del despacho. Si Ferrer niega todo, empieza por aquí.”

La mansión entera pareció encogerse alrededor de ellos.

No era solo abuso infantil.

La carta lo decía con terrible claridad: Lucía temía por Emma, sí, pero también insinuaba que su propia enfermedad pudo haber sido aprovechada o acelerada.

Gabriel tomó el pendrive.

—Subimos. Ahora.

Esteban asintió, pálido.

Pero justo cuando se giraban para salir, uno de los guardias entró corriendo al pasillo.

—Señor Gabriel, la señora Alicia ya no está en el comedor.

Ramiro levantó la linterna.

—¿Qué quiere decir eso?

—Se fue. Y… —el hombre tragó saliva— no se fue sola. El doctor Ferrer acaba de llegar a la mansión por la entrada lateral.

Gabriel sintió un golpe seco en el estómago.

Ferrer.

Alicia.

Ambos al mismo tiempo.

Demasiado tarde para fingir coincidencia.

Emma levantó otra vez su muñeca.

—Papá… el reloj también grabó cuando ella habló con el médico.

Gabriel la miró de golpe.

—¿Cuándo?

La niña señaló la pantalla.

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—Ayer… en mi cuarto.

Y por la expresión súbita de Ramiro, de Esteban y del propio Gabriel, quedó claro que lo que fuera que Alicia y Ferrer hablaron, podía convertir la noche en algo mucho peor que un rescate.

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