lucky

Chapter 8 - EL FUEGO EN EL ALA ESTEEl humo llegó antes que los gritos.

Una cinta gris empezó a deslizarse por el corredor mientras el personal corría, los invitados se apartaban y la música quedaba absurdamente encendida durante un par de segundos más. Luego todo fue caos.

Vincent no lo pensó.

Se giró hacia Sarah.

—Llévate a los niños con Margaret.

—No voy a—

—Ahora.

El tono fue suficiente. Sarah abrazó a Owen y Lily y retrocedió con ellos, protegida por Thomas y dos guardias leales. Derek fue reducido en el suelo por seguridad del consejo. Walter Pierce ya estaba gritando órdenes para llamar a bomberos y policía.

Vincent corrió hacia el ala este.

La vieja oficina había pertenecido a su padre antes que a él. Adrian sabía que allí se guardaban documentos antiguos, entre ellos la autorización de tutela firmada por Sarah meses antes de su secuestro: un papel que, combinado con otros archivos, demostraba que los niños debían quedar exclusivamente bajo protección de Vincent y su madre si algo ocurría. Sin esa pieza, Adrian podría volver a sembrar dudas durante años.

El pasillo ardía parcialmente. No era un incendio grande todavía, pero sí suficiente para bloquear visión y sembrar pánico. Vincent se cubrió la boca con la manga y avanzó hasta la oficina. La puerta estaba abierta.

Adrian estaba dentro.

No intentaba escapar con cajas ni joyas ni dinero.

Intentaba abrir la caja fuerte empotrada detrás del cuadro del ala norte.

Vincent entró de golpe.

—Se acabó.

Adrian giró.

Sudaba, tenía hollín en la frente y un encendedor en la mano. La caja fuerte estaba entreabierta. Sobre el escritorio descansaban varios papeles y una carpeta azul.

—No entiendes nada —dijo Adrian, jadeando—. Todo esto iba a ser mío.

Vincent cerró la puerta a su espalda para evitar que el humo se extendiera con más fuerza.

—Nunca fue tuyo.

—¡Sí lo era!

La voz de Adrian se quebró por primera vez, revelando no miedo, sino un rencor largamente alimentado.

—Yo soy el hijo que se quedó. El que aprendió el negocio. El que te vio olvidarte de mamá, luego casarte con una mujer veinte años menor y traer a esos niños como si yo ya no importara.

Vincent lo miró con una mezcla amarga de incredulidad y dolor.

—¿Secuestraste a Sarah y aterrorizaste a dos niños por celos?

—No me hables como si hubiera sido solo eso.

Adrian levantó la carpeta azul.

—El fideicomiso de Owen y Lily controlaba más de la mitad de las propiedades no operativas. Sarah descubrió las transferencias antes de que pudiera cubrirlas. Si hablaba, yo lo perdía todo.

—Entonces debiste perderlo.

Adrian soltó una risa rota.

—Tú siempre tuviste el lujo de ser moral. Yo crecí viendo cómo premiabas a quien te enternecía más.

Vincent avanzó.

—Baja esa carpeta.

—No.

Adrian retrocedió hacia la caja fuerte.

—Si sales de aquí conmigo, quizá podamos arreglar algo. Puedes decir que Sarah reapareció confundida, que Derek actuó solo, que esto fue un malentendido—

Vincent lo observó como se mira a un desconocido.

—No sé en qué momento dejaste de ser mi hijo.

La frase atravesó a Adrian peor que cualquier golpe.

Sus ojos se llenaron de una rabia húmeda, casi infantil.

—Cuando decidiste convertirte en padre otra vez a los cincuenta y siete.

El humo empezaba a hacerse insoportable. Las sirenas de los detectores ya tronaban en el techo. Afuera se oían pasos y voces.

Vincent vio la carpeta.

Vio la caja fuerte.

Vio el encendedor.

Y entendió algo.

Adrian aún no había encontrado el documento exacto.

Eso significaba que seguía dentro.

Vincent aprovechó el segundo de distracción del otro hombre y se abalanzó. Ambos chocaron contra el escritorio. La carpeta cayó. Los papeles salieron volando sobre el suelo. El encendedor se deslizó bajo una silla.

Adrian golpeó primero. Vincent respondió empujándolo contra la pared. El cuadro cayó, el cristal se hizo añicos y la caja fuerte se abrió por completo.

Varios documentos cayeron al exterior.

Uno de ellos tenía la firma de Sarah.

Otro, la suya.

Y otro llevaba un sello notarial rojo.

Adrian intentó lanzarse sobre ellos.

Vincent lo sujetó del cuello de la camisa y lo estrelló contra el archivador.

—No vuelves a tocar un solo papel de esta casa.

Adrian lo miró con odio absoluto.

—Entonces mira esto.

Sacó algo del bolsillo interior de su americana.

Un pequeño mando negro.

Vincent frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Adrian sonrió.

—Mi plan por si todo se venía abajo.

Pulsó el botón.

En algún punto del jardín trasero, lejos del ala este, sonó una explosión seca seguida por el estallido de cristales.

Vincent se quedó helado.

El jardín.

Sarah.

Owen.

Lily.

Adrian aprovechó ese segundo de terror para empujarlo y correr hacia la puerta. Vincent tropezó con el escritorio, volvió a levantarse y salió tras él. El humo empezaba a llenar el corredor. Dos guardias llegaban del extremo opuesto.

—¡Deténganlo! —gritó Vincent.

Adrian cambió de dirección y corrió escaleras abajo, hacia las puertas traseras que conducían justamente al jardín.

Vincent lo siguió.

Cuando llegó al exterior, vio el origen del estruendo: una de las viejas vitrinas del pabellón lateral había sido volada desde dentro para crear confusión. Los invitados ya se habían alejado. Los bomberos acababan de entrar. Sarah estaba en pie con Margaret. Owen también.

Pero Lily no.

Vincent miró a su alrededor con el corazón desbocado.

—¿Dónde está Lily?

May you like

Sarah se volvió hacia él con el rostro devastado.

—Adrian… —dijo casi sin voz—. Adrian la agarró cuando se apagaron las luces un segundo. Se la llevó hacia el lago.

Related Stories

Other posts