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Chapter 2 - LA SALA SIETELa sala siete estaba en el ala de fisioterapia neurológica.

Tenía paredes blancas, barras paralelas, espejos, una camilla ajustable y una ventana amplia que daba al jardín. Nada en ella parecía amenazante. A simple vista, era exactamente lo que debía ser: un espacio diseñado para ayudar a personas a recuperar movimiento, equilibrio y confianza.

Hannah la odiaba.

Ethan lo supo antes de entrar.

No porque ella se lo hubiera explicado.

Porque al mencionar el número, su cuerpo entero había cambiado.

Laura esperó hasta que Hannah fue llevada a una sala de descanso distinta, acompañada por una enfermera joven llamada Megan Shaw, una de las pocas personas del centro a las que la niña permitía acercarse sin ponerse rígida.

Entonces condujo a Ethan por el corredor.

—¿Qué sabes? —preguntó él.

Laura tardó.

—Sé lo que dicen los informes.

—No te he preguntado eso.

Ella lo miró.

Ethan ya no tenía el tono suave del patio. Seguía hablando bajo, pero ahora cada palabra tenía filo.

Laura abrió la sala siete.

—Hace tres meses, Hannah sufrió una crisis durante una sesión de marcha asistida.

—¿Crisis de qué tipo?

—Pánico. Se desreguló. Gritó, intentó apartarse de las barras y cayó.

Ethan miró el suelo.

—¿Se lesionó?

—No gravemente.

—¿Quién dirigía la sesión?

Laura respiró.

—Doctor Caleb Ross.

Ethan no reaccionó visiblemente al nombre.

—¿Está aquí?

—No hoy.

—¿Por qué?

—Licencia temporal.

Ethan se volvió.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cuatro días.

La coincidencia era demasiado conveniente.

—¿Y qué ocurrió hace cuatro días?

Laura cruzó los brazos.

—El consejo recibió una queja anónima.

Ethan sintió que las piezas empezaban a moverse.

—¿Sobre Ross?

—Sobre procedimientos de presión indebida durante terapia pediátrica.

—¿Hannah?

—No lo decía.

Ethan caminó hacia las barras paralelas.

En una de ellas había una marca pequeña, apenas visible, donde el metal había sido reemplazado.

—¿Qué pasó realmente ese día?

Laura evitó la respuesta.

Él levantó la vista.

—Laura.

Ella cerró los ojos un instante.

—Hannah no quería ponerse de pie.

—Eso no es raro.

—No.

—¿Entonces?

—Ross insistió.

—¿Cuánto?

—Más de lo debido.

—¿La sujetó?

Silencio.

Ethan se tensó.

—¿La sujetó?

—Sí.

El aire pareció volverse más frío.

—¿Quién lo vio?

—Una terapeuta.

Dos auxiliares.

Megan pasó por el corredor.

Y la madre de Hannah.

Ethan quedó completamente inmóvil.

—Su madre estaba aquí.

Laura asintió.

—Sí.

—¿Qué hizo?

—Entró.

—¿Y?

Laura miró el espejo de la pared como si la respuesta estuviera escrita allí.

—Discutió con Ross.

Ethan respiró despacio.

—¿Después?

—Salió muy alterada.

—¿Con Hannah?

Laura negó.

—No.

—¿Por qué?

—Ross convenció al equipo de que interrumpir la sesión en ese momento reforzaría el miedo de la niña. Dijo que había que terminar con una experiencia positiva.

Ethan apretó los dientes.

—¿La madre aceptó?

—No.

—Entonces ¿por qué se fue?

Laura tardó demasiado.

—Porque recibió una llamada.

—¿De quién?

—No lo sé.

Ethan giró hacia ella.

—¿Y qué ocurrió después?

Laura bajó la voz.

—Hannah empezó a llorar. Dijo que quería a su madre. Ross siguió presionando.

—¿Y nadie lo detuvo?

La vergüenza en el rostro de Laura respondió antes que las palabras.

—Yo no estaba en la sala.

—Pero alguien sí.

—Sí.

—¿Quién?

—Megan.

Ethan volvió la mirada hacia la puerta.

La enfermera que ahora estaba con Hannah.

—¿Megan vio todo?

Laura asintió.

—Sí.

—Entonces quiero hablar con ella.

—No será fácil.

—¿Por qué?

—Porque hace dos meses intentó presentar un reporte formal. Al día siguiente lo retiró.

Ethan sintió un escalofrío.

—¿Voluntariamente?

Laura no respondió.

Ya no hacía falta.

Revisaron la sala.

Ethan encontró una cámara en la esquina.

—¿Hay grabación?

Laura negó.

—El sistema tuvo una falla ese día.

Él soltó una risa seca.

—Claro.

—Tenemos registro de mantenimiento.

—Quiero verlo.

Laura asintió.

Salieron.

En el corredor se cruzaron con una mujer de unos cincuenta años, bata blanca, rostro serio: Dr. Susan Bell, directora clínica del centro.

—Señor Cole —dijo—. Me dijeron que había llegado.

Ethan la observó.

—Y yo me pregunto por qué nadie me dijo que la niña no tenía miedo de la terapia. Tenía miedo de una persona.

Susan frunció el ceño.

—Eso es una simplificación.

—Entonces complícala.

La directora apretó los labios.

—Hannah sufrió un accidente grave. Presenta síntomas de trauma, culpa, evitación y resistencia. No podemos atribuir todo a un solo terapeuta.

—No he dicho que todo.

—Su presencia aquí puede alterar más la situación.

Ethan inclinó la cabeza.

—¿Mi presencia?

—Hannah todavía no sabe exactamente quién es usted.

—Lo sé.

Susan bajó la voz.

—Y quizá debería seguir así hasta que tengamos un plan clínico.

Ethan la miró fijo.

—He pasado tres años viendo cómo “planes clínicos” se usan como excusa para esconder información a familias. No voy a hacer eso con ella.

Susan se tensó.

—Esto no es un juicio.

—Todavía.

La palabra quedó suspendida.

Laura observó a ambos.

Susan respiró hondo.

—Hay cosas que usted no entiende sobre el caso de Hannah.

Ethan dio un paso.

—Eso llevo diciendo desde que llegué.

La directora miró hacia la sala donde estaba la niña.

—Su miedo no empezó con Ross.

—¿Entonces cuándo?

Susan dudó.

—Con el accidente de su madre.

Ethan sintió un golpe.

—¿Qué accidente?

La directora lo miró, sorprendida.

—¿No se lo dijeron?

Ethan se quedó inmóvil.

—¿Decirme qué?

Laura palideció.

Susan comprendió que acababa de abrir algo que alguien había querido mantener cerrado.

—La madre de Hannah sufrió un accidente de coche la misma noche de la sesión de la sala siete.

Ethan sintió que el corredor desaparecía alrededor.

—¿Está viva?

Susan bajó la mirada.

—Sí.

—¿Dónde?

Silencio.

—¿DÓNDE?

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Laura respondió:

—En este edificio.

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