Chapter 5 - LA MEDICINA DE SU MADREAlejandro cruzó el salón en dos pasos y se arrodilló frente a Lucía.

—Amor, dime exactamente qué pasó.
La niña miró el inhalador en sus manos antes de responder. Cuando lo alzaba así, abrazado a su pecho, parecía mucho más pequeña de lo que era.
—Hace dos semanas… me dio una cucharita de un frasco marrón.
—¿Quién?
—Verónica.
La mujer cerró los ojos un segundo, como si intentara calcular qué parte podía negar todavía.
Lucía continuó:
—Yo le dije que esa medicina era de mamá. Porque la había visto antes en la mesa de noche de ella… cuando estaba enferma.
Alejandro sintió las piernas vaciarse de fuerza. Aquella medicina había sido un sedante potente, utilizado en los meses más duros de la enfermedad de Elena para aliviar dolor y ansiedad. Una dosis equivocada en una niña podía ser peligrosa.
—¿Cuándo te la dio?
—Después de comer. Dijo que así iba a dormir y ya no iba a molestar.
Isabel dejó escapar una exclamación ahogada.
Alejandro se puso de pie con un movimiento tan rápido que uno de los guardias dio un paso instintivo hacia adelante por si intentaba abalanzarse sobre Verónica.
—¿Le diste un sedante a mi hija?
Verónica alzó la voz por primera vez.
—No fue para hacerle daño.
—¿Entonces para qué demonios fue?
—No dormía. Lloraba. Se despertaba llamándote a ti o a Elena. Nadie aguantaba esa escena cada noche.
Alejandro la miró con un asco absoluto.
—¿Cuánto le diste?
—Muy poco.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
La respuesta fue peor que una confesión exacta.
Lucía tiró de la manga de Isabel.
—Después me dolía la cabeza.
El policía que había llegado con la primera patrulla tomó nota de todo mientras pedía refuerzos médicos y de investigación. Pero el foco de Alejandro ya no estaba únicamente en la denuncia inmediata.
Ahora se abría otra posibilidad escalofriante:
si Verónica había tenido acceso a medicamentos de Elena, si había manipulado dosis, si Elena ya desconfiaba de ella… ¿qué más había ocurrido antes de que su esposa muriera?
El oficial se acercó.
—Señor Montenegro, vamos a necesitar preservar la escena y tomar declaración formal a la menor y al personal.
Alejandro asintió.
—Quiero también una revisión completa del cuarto de Verónica y del botiquín de la casa.
Isabel intervino.
—Y del archivo médico de Elena.
Verónica giró hacia ella con odio.
—No metas a una muerta en esto.
Alejandro sintió que esa frase lo atravesaba.
—Tú la metiste hace mucho.
En ese instante Ricardo volvió a entrar, esta vez acompañado de la ama de llaves, Marta, una mujer de cincuenta años que llevaba más de veinte sirviendo en la casa.
Su rostro estaba desencajado.
—Señor… necesito decir algo.
Alejandro la miró.
—Di.
Marta respiró hondo.
—La señora Elena me pidió, dos días antes de morir, que si alguna vez usted descubría algo raro con la niña, revisara el armario azul del cuarto del fondo.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
Los ojos de Marta se llenaron de lágrimas.
—Porque la señora Verónica me dijo que la señora Elena deliraba al final. Y luego usted… usted estaba destruido. Yo pensé que era una paranoia de una mujer enferma.
El salón entero parecía respirar en círculos.
—¿Qué hay en ese armario? —preguntó Alejandro.
Marta negó.
—Nunca lo abrí.
Alejandro tomó a Lucía de la mano y, acompañado por Isabel, el oficial de policía y Ricardo, subió al cuarto del fondo del ala este. Era una habitación cerrada desde la muerte de Elena, usada antes para guardar ropa de temporada y algunos objetos personales.
Marta señaló un armario azul antiguo.
La llave estaba encima, pegada con cinta en la parte superior del marco.
Alejandro la tomó.
Al abrirlo, encontró tres cajas.
La primera tenía cartas y álbumes familiares.
La segunda, medicinas antiguas y algunos informes clínicos de Elena.
La tercera era la más pequeña y la más inquietante: estaba marcada con la frase “SI VERÓNICA SIGUE EN LA CASA”.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
Dentro había un pendrive, una libreta y un sobre dirigido a él.
La carta de Elena era breve y temblorosa, escrita claramente en los días finales de su enfermedad.
Explicaba que había sorprendido a Verónica alterando frascos del botiquín y leyendo papeles privados sobre la tutela de Lucía. No tenía pruebas suficientes entonces, pero había empezado a grabar algunas conversaciones “por si no alcanzaba a contártelo en vida”.
Alejandro conectó el pendrive en el portátil del cuarto.
Había varios archivos de audio.
En uno se oía a Verónica hablando por teléfono.
Su voz era nítida.
—No importa si la niña está triste. Importa que el padre no vea lo que está pasando hasta que firme.
Alejandro apretó el borde del escritorio.
Otro archivo.
Verónica otra vez.
—Elena sospecha de mí. Si no se muere pronto, habrá que acelerar otras cosas.
Isabel se llevó ambas manos a la boca.
El policía lo miró de inmediato.
—Señor, necesitamos entregar esto a criminalística.
Alejandro no apartó la vista de la pantalla.
Abrió el tercer archivo.
Era una conversación más reciente.
La voz de Verónica se mezclaba con la de un hombre.
Ernesto.
—La niña ya come menos. Otra semana así y el pediatra hablará de recaída.
Ernesto respondió:
—Entonces mete presión con el acuerdo. Alejandro firma mejor cuando cree que todo se derrumba.
El mundo se reorganizó de nuevo, de forma todavía más monstruosa.
Porque ya no se trataba solo de controlar el futuro.
Alguien había esperado la muerte de Elena.
Alguien había acelerado un plan justo después.
Y alguien hablaba de “si no se muere pronto” con una naturalidad que heló la sangre de Alejandro.
Se giró lentamente hacia el oficial.
—Quiero saber exactamente cómo murió mi esposa.
Pero no hicieron falta veinte minutos para que aquella noche empeorara todavía más.
Ricardo apareció jadeando en la puerta.
—Señor… Ernesto Vega acaba de llegar.
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Hizo una pausa, completamente pálido.
—Y trajo un abogado.
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