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Chapter 8 - LA MUCHACHA FUERA DEL APELLIDOLa mañana llegó sobre la mansión Monteluna sin limpiar nada.

El vestíbulo seguía oliendo a tensión, café frío y papeles removidos. Adriana y Bruno fueron trasladados a dependencias policiales, pero la investigación apenas comenzaba. La inspectora Benítez permitió a Alejandro salir un par de horas acompañado, con la condición de mantenerse localizable y entregar cuanto hallara relacionado con Claudia Rivas y el testamento.

Hernán condujo.

Valeria insistió en quedarse en la mansión, pero Alejandro le pidió que los acompañara.

—Ya estás dentro de esto —dijo—. Y no quiero que te quedes sola aquí después de lo que pasó.

La frase la sorprendió más de lo que quiso admitir.

Salieron hacia un pequeño barrio de casas bajas en la periferia. La dirección de Claudia no parecía corresponder en nada al mundo de los Monteluna. No había portones de hierro ni mármol. Solo fachadas modestas, perros durmiendo al sol y un silencio de barrio trabajador.

La casa tenía un jardín pequeño y una ventana con cortinas claras.

Hernán golpeó la puerta.

Abrió una mujer mayor, quizá de sesenta años, con el rostro cansado y una mirada alerta.

—¿Sí?

Alejandro se presentó.

Al oír el nombre, la mujer se quedó blanca.

—No.

Intentó cerrar la puerta, pero Valeria dio un paso al frente.

—Por favor. Venimos por la señora Elena.

Eso la detuvo.

Después de unos segundos dolorosos, la mujer los dejó entrar.

Su nombre era Teresa Rivas.

No tardaron mucho en saber quién era Claudia: una joven de veintidós años, hija biológica de Elena, nacida antes de que ella se casara con Alejandro. Teresa la había criado como si fuera sobrina propia tras un acuerdo privado. Elena la visitaba periódicamente, ayudaba con sus estudios y pretendía reconocerla públicamente cuando “las condiciones fueran seguras”.

—Nunca llegó ese momento —dijo Teresa con una tristeza seca—. Después murió.

Alejandro se sentó lentamente.

Valeria observó el pequeño salón, las fotos familiares y el modo en que el nombre de Elena parecía seguir vivo allí de una manera más verdadera que en toda la mansión.

—¿Por qué me ocultó esto? —preguntó él, casi para sí.

Teresa lo miró sin hostilidad, pero sin dulzura.

—Porque Elena empezó a sospechar de su casa. Dijo que si contaba lo de Claudia demasiado pronto, la convertirían en objetivo.

La palabra golpeó a Valeria.

Objetivo.

Eso había sido ella la noche anterior. Una pieza fácil de usar. Si Elena pensó lo mismo de su propia hija secreta, entonces el miedo debió ser absoluto.

—¿Dónde está Claudia? —preguntó Alejandro.

Teresa bajó la mirada.

—Trabaja por las mañanas. En la fundación de arte del centro.

El silencio se volvió denso.

Alejandro tardó solo un segundo en unir la información.

—La fundación Monteluna.

Teresa asintió.

—Sí.

Valeria sintió un latigazo por toda la espalda.

La hija secreta de Elena trabajaba, sin saberlo quizá, dentro del mismo imperio que intentaba robarle su herencia.

O tal vez sí lo sabía.

Alejandro se puso de pie.

—Debo verla.

Teresa lo observó con cautela.

—Si va a aparecer en su vida ahora, más le vale hacerlo con la verdad completa.

No hubo reproche teatral en la frase.

Solo la fatiga de una mujer que llevaba demasiado tiempo guardando secretos ajenos.

Llegaron a la fundación cerca del mediodía.

Era un edificio antiguo restaurado, lleno de cuadros, oficinas y salones de exposición. En recepción, la secretaria los hizo esperar apenas dos minutos antes de llamar a Claudia.

Cuando apareció, Valeria dejó de respirar un instante.

La joven tenía el cabello oscuro recogido, rasgos finos y los mismos ojos de Elena.

No un parecido leve.

Un golpe brutal de semejanza.

Alejandro se quedó inmóvil.

Claudia también.

Lo reconoció enseguida, aunque jamás lo había conocido en persona.

—Usted…

La voz le falló.

Teresa, que había decidido acompañarlos a último momento, avanzó un paso.

—Claudia, él ya sabe.

La joven palideció.

—¿Qué pasó?

Alejandro no sabía por dónde empezar. Jamás se había sentido tan desarmado frente a una conversación.

—Elena dejó un testamento donde te menciona.

Claudia cerró los ojos como si la noticia la golpeara y, al mismo tiempo, confirmara un miedo viejo.

—Entonces Adriana encontró los papeles.

Valeria la miró.

—¿Lo sabía?

Claudia asintió.

—No todo. Pero mi madre me dijo antes de morir que si alguna vez la señora Adriana se enteraba de mí, debía tener cuidado.

Teresa le apretó el hombro.

Alejandro sintió que algo dentro de él se rompía de forma silenciosa.

—Elena te quería proteger.

Claudia lo miró con dolor contenido.

—También quería decirle la verdad. Solo no llegó a tiempo.

Había mucho que decir, demasiado. Pero antes de que cualquiera pudiera seguir, sonó el teléfono de Alejandro.

Era la inspectora Benítez.

Contestó al instante.

—Hable.

La voz de la inspectora llegó con urgencia.

—Necesito que vuelva a la mansión ahora mismo. Encontramos algo en la caja fuerte del estudio.

—¿Qué cosa?

Hubo una pausa breve.

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Luego la respuesta cayó como otra bomba más.

—Una segunda grabación de la noche en que murió Elena… y en ella aparece usted.

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