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Chapter 8 - LA MADRE DEL NIÑO NO ESTABA MUERTAEl disparo partió la noche en dos.

Gabriel corrió sin pensar.

Durante un segundo interminable no supo quién había caído al agua. Solo vio salpicaduras oscuras, la manta de Olivia flotando, la lancha golpeando violentamente contra el muelle y a Vivienne tambaleándose al borde del embarcadero con el arma fuera de control.

—¡Olivia! — gritó.

Mills y dos agentes se lanzaron sobre Vivienne antes de que pudiera estabilizarse. El arma salió despedida, resbaló por las tablas mojadas y cayó entre el hueco del muelle y la lancha.

Gabriel se arrojó al lago.

El agua estaba helada, negra, llena de barro y lluvia. Sumergió los brazos buscando a ciegas hasta que sus dedos tocaron tela, cabello, piel. Encontró a Olivia hundiéndose, débil, semiinconsciente. La sujetó con ambas manos y la arrastró hacia la superficie.

Cuando logró subirla al embarcadero, ella tosía, respirando con dificultad, viva.

—Estoy aquí — repetía él, sin darse cuenta de que también hablaba para sí mismo—. Estoy aquí, Olivia, no te suelto.

Mills inmovilizaba a Vivienne contra el suelo de madera, esposándola pese a sus intentos inútiles por liberarse. El rostro de la mujer ya no conservaba nada de sofisticación. Era pura rabia, miedo y ruina.

—¡Si me arrestan, nunca encontrarán a la otra! — gritó.

Gabriel alzó la cabeza de inmediato.

—¿Marina sigue viva?

Vivienne soltó una carcajada rota.

—Tal vez. Tal vez no. Pero si no llegáis antes del amanecer, dará igual.

Mills la obligó a incorporarse.

—¿Dónde está?

—No sin un trato.

El detective la sacudió con furia contenida.

—Ya no tienes poder para pedir nada.

Pero Vivienne sonreía.

Porque sabía que aquella era su última moneda.

Olivia, tiritando, levantó una mano débil hacia Gabriel.

—La capilla… del mausoleo viejo… no la cripta… abajo no…

Él se inclinó hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Hay otro cuarto… detrás del altar de piedra… escuché a Vivienne y a Brenner hablar… decían que “la sirvienta aguantaría una noche más”.

Gabriel se volvió hacia Mills.

—Volvemos a la mansión. Ahora.

Vivienne fue metida en un coche policial. Olivia fue atendida por paramédicos de emergencia que ya habían llegado al lago. Gabriel quiso quedarse con ella, sostener su mano, quedarse mirándola como si temiera que desapareciera otra vez al cerrar los ojos. Pero Olivia lo agarró de la muñeca con sorprendente fuerza.

—Ve por Marina — susurró—. Ese niño ya perdió demasiado.

No hacía falta decir el nombre. Ambos pensaban en Noah.

Gabriel asintió.

Regresaron a la mansión como si el tiempo corriera en su contra a dentelladas. Y así era.

La capilla familiar seguía iluminada solo por las luces de los vehículos policiales. El equipo forense seguía trabajando en la trampilla de la cripta principal cuando Gabriel irrumpió junto a Mills.

—No abajo — ordenó—. Detrás del altar.

Los agentes apartaron el viejo altar de piedra con esfuerzo. Detrás apareció un panel oculto por la pared tallada. Uno de los técnicos descubrió un mecanismo metálico empotrado en la base. Giró. El panel se abrió apenas unos centímetros.

Un olor espeso a encierro salió del hueco.

Gabriel sintió un nudo salvaje en la garganta.

Empujaron la puerta.

Detrás había una cavidad estrecha, sin ventanas, con una cama improvisada, una cadena fijada a la pared y una mujer atada de las muñecas, débil, sucia y apenas consciente.

Marina Hale.

Seguía viva.

Gabriel fue el primero en arrodillarse junto a ella mientras los agentes cortaban las ligaduras.

La mujer abrió los ojos con un esfuerzo enorme. Tardó unos segundos en enfocar el rostro de Gabriel.

—Señor Stone… — murmuró.

—No hables. Ya estás a salvo.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Marina antes de que pudiera siquiera moverse.

—Noah…

—Está vivo. Te está esperando.

La mujer dejó escapar un sollozo roto y miró luego a Mills, como si supiera que la verdad ya no cabía dentro de ella.

—Lo grabé todo — dijo, buscando aire—. Antes de que me encontraran. Lo escondí donde Vivienne jamás pensaría.

Gabriel la sostuvo con cuidado.

—¿Dónde?

Marina tragó saliva.

—En el ataúd vacío.

Mills frunció el ceño.

—¿Qué ataúd?

Marina cerró los ojos un segundo.

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Cuando habló otra vez, cada palabra cayó como una piedra.

—El de Olivia Stone.

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