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Chapter 6 - LA HABITACIÓN 214El hotel Marlowe Spa ocupaba el ala norte del complejo donde se celebraba la boda. Era un espacio reservado para huéspedes de máximo nivel, con pasillos silenciosos, alfombras gruesas y personal entrenado para no hacer preguntas. Gabriel no dejó a Elena ni a Emma solas. Decidió llevarlas consigo, escoltadas por Torres y dos hombres de seguridad de confianza, mientras Samuel llamaba discretamente a la policía y preparaba una orden de retención sobre Valerie y Richard.

Clara iba con ellos.

Subieron por el ascensor privado en un silencio tenso, roto solo por el leve sonido metálico de las muletas de Elena y la respiración inquieta de Emma, que seguía agarrada a la mano de su madre como si así pudiera anclarla a la realidad.

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Gabriel en voz baja.

Elena asintió.

—Recuerdo la alfombra azul del pasillo. La vi una vez cuando me sacaron de madrugada.

La frase le revolvió el estómago.

El ascensor se abrió en el cuarto piso.

Pasillo largo.

Luz cálida.

Puertas numeradas en dorado.

Y al fondo, una silueta.

Margaret.

Estaba frente a la puerta 214, introduciendo algo en la cerradura. Al verlos, se giró con una rapidez que no disimuló su sorpresa. Su elegancia seguía impecable, pero en el rostro ya no había ni rastro de la tía controlada y sofisticada de la boda. Solo quedaba una mujer descubierta demasiado pronto.

—Qué imprudencia traer a la niña —dijo, fría.

Gabriel soltó una risa seca.

—Lo dice la mujer que ayudó a desaparecer a su madre.

Emma se tensó. Elena le apretó la mano.

Margaret miró a Elena como se mira a un error estadístico.

—Debiste quedarte donde estabas.

La respuesta fue suficiente para que incluso Torres diera un paso hacia delante, endureciendo la mandíbula. No era una acusación. Era una admisión casi casual.

Gabriel avanzó.

—Aléjate de esa puerta.

Margaret sonrió apenas, cansada.

—Siempre fuiste más lento de lo que tu padre esperaba.

—Y tú siempre fuiste más monstruosa de lo que yo quise ver.

Margaret no respondió a la ofensa. Alzó la barbilla y sostuvo la pequeña cartera de mano con la misma rigidez con que otras personas sostendrían un arma.

Samuel salió del ascensor en ese momento, justo a tiempo para oír la última frase. Levantó el teléfono.

—La policía viene en camino.

—Entonces llegan tarde —respondió Margaret.

Movió la muñeca.

Gabriel vio el frasco antes de entenderlo por completo. Era un pequeño recipiente de alcohol acelerante. Margaret lo lanzó contra la alfombra frente a la puerta 214, arrancó un encendedor del bolso y lo accionó con una mano sorprendentemente firme.

Torres reaccionó primero y la embistió hacia un lado. El encendedor salió disparado. El frasco rodó. El líquido se extendió sobre la alfombra sin prenderse de inmediato.

Emma gritó.

Elena se aferró a la pared para no caer.

Gabriel cruzó la distancia restante en dos zancadas, arrancó la cartera de Margaret y lanzó el encendedor por el pasillo.

Margaret forcejeó con una ferocidad desesperada.

—¡No entiendes lo que guardas ahí!

—Explícamelo cuando estés esposada —rugió Gabriel.

Torres la inmovilizó contra la pared.

Samuel tomó la llave 214 y abrió la puerta.

La habitación estaba vacía.

Demasiado ordenada.

Demasiado preparada.

Pero no era una suite normal.

Dentro había un archivador portátil, una caja fuerte pequeña semioculta detrás del armario, ropa vieja de mujer y, sobre la cama, una manta oscura con olor a encierro.

Elena se quedó helada al verla.

—Aquí me tuvieron durante las primeras semanas.

Gabriel sintió que el pecho le ardía.

—Dios...

Emma miró alrededor con ojos enormes, incapaz de entender cómo una habitación tan lujosa podía resultar tan espantosa.

Samuel revisó el archivador.

Dentro encontró copias de documentos médicos, órdenes de traslado y un expediente falso con el nombre “Elena Ross”, clasificada como paciente con alteraciones de memoria y tendencia paranoide.

—Intentaron fabricar una locura —murmuró.

Gabriel abrió la caja fuerte con la llave encontrada en la caja negra.

Dentro había un pasaporte de Elena retenido, dos chequeras, varios sobres de efectivo, el certificado de defunción original emitido tras el incendio... y un USB plateado.

Elena dio un paso inseguro hacia la caja fuerte.

—Ese USB.

Gabriel la miró.

—¿Qué tiene?

—No lo sé con certeza. Pero Richard y Margaret discutieron una vez frente a mí por “la copia maestra”. Creo que es eso.

Samuel tomó el dispositivo.

Margaret, retenida fuera por Torres, comenzó a reírse con una desesperación extraña.

—Pueden abrirlo. No cambiará lo que ya hicimos.

Gabriel salió al pasillo con el USB en la mano.

—¿Hiciste qué, exactamente?

Margaret lo miró con un desprecio agotado.

—Salvé a esta familia de una mujer sentimental y de un niño que lo heredaría todo.

Emma se escondió detrás de Elena.

Gabriel dio un paso más hacia Margaret, conteniéndose a duras penas.

—Emma es mi hija.

—Y por eso era el problema —escupió Margaret—. Tu padre te dejó demasiadas cosas atadas a ella y a Elena. Richard solo vio una oportunidad donde yo vi una corrección necesaria.

Elena cerró los ojos.

Samuel conectó el USB a su portátil allí mismo, sobre una consola del pasillo.

Todos se giraron hacia la pantalla.

Había una carpeta de videos y una de documentos escaneados.

El primer archivo abierto mostraba a Valerie dentro de esta misma habitación, hablando con alguien fuera de cámara.

Su voz se oía nítida:

—No pienso casarme hasta que esa mujer quede completamente neutralizada.

La voz de Richard respondió desde fuera de cuadro:

—Tu boda es la firma. Después de eso, la madre o desaparece otra vez... o desaparece para siempre.

El pasillo entero se quedó sin aliento.

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Y antes de que Gabriel pudiera reaccionar, el sonido de un disparo estalló desde el extremo opuesto del corredor.

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