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Chapter 1 - EL LÁTIGO, LA HIJA HERIDA Y EL HOMBRE QUE LLEGÓ TARDELa mansión Castell resplandecía aquella noche con una belleza fría, diseñada para impresionar y humillar al mismo tiempo.

La gran sala de recepción brillaba bajo candelabros inmensos. El suelo de mármol reflejaba la luz como un espejo. Los invitados, vestidos con una elegancia impecable, se distribuían alrededor de mesas largas cubiertas de copas de cristal, flores blancas y velas altas. Un cuarteto de cuerda tocaba al fondo una melodía demasiado suave para la violencia que estaba a punto de devorarlo todo.

En el centro de aquel lujo insoportable, Elena estaba en el suelo.

Tenía veintiocho años, cabello castaño revuelto, vestido claro rasgado a la altura del hombro y un rastro de lágrimas mezcladas con maquillaje corrido en el rostro. Sus brazos cubrían instintivamente la espalda y el costado mientras su cuerpo se encogía sobre la alfombra persa. Temblaba. No solo de dolor. También de terror.

Frente a ella, Adrián mantenía el látigo levantado.

Treinta y cinco años. Camisa blanca impecable, rostro atractivo endurecido por una soberbia venenosa, mandíbula tensa. En su mano derecha, el cuero oscuro del látigo dibujaba una curva amenazante. Sus ojos no mostraban rabia descontrolada. Mostraban algo peor: la calma cruel de quien cree tener derecho a destruir.

A pocos pasos, una mujer mayor de cabello gris observaba en silencio.

No gritaba.

No intervenía.

No apartaba la vista.

Su quietud hacía más monstruosa la escena.

Elena levantó el rostro con dificultad. Su voz salió rota, débil, humillada por el llanto.

—¡Por favor, no me hagas más daño!

Algunos invitados dieron un pequeño paso atrás.

Nadie se atrevió a interrumpir.

La música ya se había detenido.

El único sonido que llenaba el salón era la respiración temblorosa de Elena y el leve crujido del cuero en la mano de Adrián.

Él sonrió con desprecio.

—Deberías haber pensado en eso antes de desobedecerme.

Elena intentó arrastrarse hacia el lateral, pero la punta del látigo golpeó el suelo junto a su mano. El chasquido seco la hizo estremecerse.

No era la primera vez.

Eso se notaba en la forma en que protegía ciertas partes del cuerpo.

En la manera en que se encogía antes incluso del golpe.

En el modo en que algunos sirvientes evitaban mirarla.

Adrián volvió a alzar el brazo.

Entonces las grandes puertas del salón se abrieron de golpe.

El sonido atravesó la sala como una detonación.

Todos se volvieron.

Un hombre mayor apareció en el umbral.

Sesenta y cinco años, cabello gris, chaqueta oscura perfectamente cortada, porte recto, mirada de acero. No entró corriendo ni con confusión. Entró como alguien que estaba acostumbrado a irrumpir en sitios donde los demás temían alzar la voz.

Sus ojos se clavaron de inmediato en el látigo levantado sobre Elena.

Y en ese instante, la temperatura del salón pareció descender varios grados.

—¡Suelta ese látigo o te rompo las manos!

La autoridad de aquella voz no admitía negociación.

Adrián se giró, sorprendido, molesto, incrédulo de que alguien hubiera osado cruzar ese umbral y dirigirse a él de esa forma dentro de su propia casa.

—¿Y tú quién demonios eres?

Pero no hubo respuesta inmediata.

Solo la mirada del recién llegado.

Una mirada tan cargada de furia contenida que incluso algunos invitados dejaron de respirar por un segundo.

Adrián, quizá por puro instinto o quizá por la fuerza del momento, dejó caer el látigo. El cuero golpeó el suelo con un sonido sordo.

El hombre mayor avanzó despacio.

Cada paso hacía parecer más pequeño el amplio salón.

Elena alzó la vista hacia él. Sus ojos estaban tan llenos de lágrimas que al principio quizá no vio bien su rostro. Pero algo en su presencia la inmovilizó. No parecía reconocerlo, y sin embargo tampoco parecía sentirlo del todo extraño.

El hombre se detuvo frente a Adrián.

La voz le salió más baja, más peligrosa.

—¿Te atreviste a ponerle una mano encima a mi hija?

El silencio posterior fue brutal.

Los invitados se miraron entre sí.

La mujer mayor dejó de fingir indiferencia.

Adrián entrecerró los ojos, procesando la frase.

—¿Tu hija?

Luego soltó una risa corta, arrogante.

—¡Atrás, viejo! ¡Ella me pertenece!

El puñetazo llegó tan rápido que nadie lo vio venir.

El hombre mayor golpeó a Adrián directamente en el rostro. El impacto lo hizo salir despedido hacia atrás, estrellándose de espaldas contra un sillón de terciopelo oscuro que se desplazó violentamente sobre el suelo. Dos copas cayeron de una mesa cercana y se rompieron en pedazos.

Un murmullo de horror recorrió la sala.

Elena dio un pequeño gemido.

El hombre mayor no volvió a mirar a Adrián.

Se arrodilló junto a ella.

Su expresión cambió de una furia devastadora a un dolor contenido, casi insoportable. Le apartó con cuidado un mechón de cabello del rostro. Sus dedos rozaron el corte de su mejilla como si tocaran una herida propia.

Elena lo miró fijamente, sin comprender.

—Yo... no lo conozco —susurró, temblando.

El hombre no respondió a esa frase.

Solo la sostuvo por los hombros, evaluando con la vista los golpes, la tela rota, las marcas en los brazos. Entonces vio algo en el suelo, junto a la mano de Elena: un teléfono destrozado.

Lo recogió.

La pantalla estaba quebrada, pero no del todo muerta.

Él la observó apenas un segundo.

Su rostro se endureció aún más.

Se llevó entonces discretamente una mano al cinturón y sacó un pequeño radio de comunicación negro. Su gesto fue tan natural y seguro que dejó claro que no era un hombre cualquiera.

Presionó el botón.

Su voz sonó baja, helada, inapelable.

—¡Ejecuten el Protocolo Alfa! ¡Destruyan su imperio!

El salón entero quedó petrificado.

Adrián, medio incorporado desde el sillón, dejó de respirar por un segundo.

—¿Qué?

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, el rugido de varios motores se oyó afuera.

Los invitados corrieron hacia los ventanales.

Elena, aún en el suelo, giró apenas la cabeza.

Por la entrada principal de la mansión acababan de aparecer varios SUV negros avanzando con una precisión intimidante. Uno detrás de otro, frenaron frente a la escalinata como si obedecieran una orden preparada desde mucho antes.

Los rostros del personal cambiaron.

La mujer mayor perdió color.

Y Adrián, por primera vez aquella noche, dejó de parecer invencible.

Elena miró al hombre arrodillado junto a ella.

Sus labios temblaron.

—¿Quién... es usted?

Él no respondió.

Solo apretó la mandíbula mientras los hombres de los SUV descendían del exterior.

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Y cuando Adrián vio el emblema discreto en una de las puertas negras, toda su arrogancia se transformó en miedo puro.

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