Chapter 9 - EL CUARTO DE DANIELLa carrera por el ala oeste fue una persecución contra el tiempo y contra el fuego que aún no había empezado, pero ya se sentía inevitable.

Valeria dejó a Sofía con Teresa y uno de los agentes en el invernadero. La niña lloró, aferrada a su brazo, hasta que Emilia, llamada desde el hospital y ya en camino con apoyo policial, prometió atenderla allí mismo. Valeria le besó la frente y corrió.
No corría solo detrás de Rodrigo.
Corría detrás de Daniel.
Detrás de todo lo que aún podía perderse.
El cuarto de Daniel seguía casi intacto desde su muerte. Nadie había logrado convencer a Valeria de vaciarlo del todo. Era despacho, dormitorio ocasional y tumba emocional al mismo tiempo. Si Rodrigo llegaba allí con gasolina o fuego, podía destruir lo que aún no habían encontrado.
El primer olor a humo la golpeó antes de doblar el pasillo.
—¡Mierda! —rugió Julián desde más adelante.
Valeria llegó a tiempo para ver la puerta del estudio medio abierta y una llama pequeña trepando por una cortina lateral. Rodrigo estaba dentro, arrojando papeles al suelo junto a una lámpara volcada.
—¡Atrás! —gritó al verlos.
Tenía un encendedor en una mano y la cara desencajada. Ya no quedaba elegancia. Solo rabia abierta.
—Se terminó —dijo Julián, jadeando.
Rodrigo sonrió con los ojos vacíos.
—Claro. Como Daniel, ¿no?
Valeria sintió que el nombre de su marido dicho así le reventaba en el pecho.
—Mírame —dijo, entrando un paso pese al humo—. Mírame y dímelo otra vez.
Rodrigo la observó, respirando rápido.
—¿Qué quieres? ¿Una confesión completa? ¿Una escena final? Te la doy: Daniel era un sentimental idiota. Pensó que podía dejarme fuera. Pensó que podía usar a mi sobrina como llave para encerrarme. Así que toqué su coche. Y después ustedes hicieron el resto llorando sobre su ataúd.
El aire pareció abrirse.
Las palabras quedaron grabadas en todos los presentes: en Julián, en el agente que alcanzaba a grabar con el móvil, en Sergio que acababa de llegar al pasillo, en Valeria.
Rodrigo lo vio demasiado tarde.
—Apaga eso —gruñó al agente.
—Suelta el encendedor —respondió el policía.
Pero Rodrigo ya no intentaba salir limpio. Había perdido demasiado.
Tomó una botella de alcohol de escritorio y la arrojó hacia el fuego. Las llamas subieron de golpe por la cortina y alcanzaron la alfombra.
Valeria dio un paso atrás instintivo.
Julián intentó entrar, pero el calor lo obligó a retroceder.
Rodrigo aprovechó esos segundos de caos y cruzó hacia la puerta trasera del despacho, empujando a Sergio al pasar. El abogado cayó de lado contra una consola.
—¡Se va al balcón! —gritó.
Valeria no lo dudó.
Corrió por el pasillo exterior y salió al gran balcón del ala oeste justo cuando Rodrigo llegaba a la baranda. Detrás de él, el humo empezaba a brotar por la puerta abierta del estudio. Desde abajo se oían voces, sirenas, el movimiento de bomberos entrando por fin en la propiedad.
Rodrigo giró.
La vio sola.
—Siempre apareces —dijo con una sonrisa torcida.
Valeria respiraba con el pecho ardiendo.
—Y siempre voy a volver a hacerlo cuando toques a mi hija.
Él soltó aire por la nariz.
—Sofía no era más que una llave. Igual que tú. Igual que Daniel.
Valeria avanzó otro paso.
—Ya nadie te cree.
—No necesito que me crean. Solo que duden lo bastante.
—No. Eso también se te acabó.
Rodrigo miró hacia el balcón inferior. Estaba calculando una ruta de huida.
Valeria lo supo.
—No vas a salir.
—He salido de peores cosas.
—No de una confesión.
Él la miró con odio total.
—Pude haberte sacado a ti también aquella noche. Ferrer decía que tus sedantes habrían bastado para confundirte lo bastante durante semanas.
Valeria sintió un escalofrío brutal.
—¿También me drogaron?
Rodrigo sonrió.
—Un poco. Solo para que lloraras más fuerte en el funeral y nadie te tomara en serio cuando empezaras a recordar cosas raras.
La verdad se volvía más monstruosa por segundos.
Valeria no oyó a Julián acercarse detrás de la puerta. No vio al segundo agente tomar posición por el corredor. Solo vio a Rodrigo, acorralado pero aún peligroso, tensar los músculos para saltar la baranda lateral hacia una cornisa baja.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
La voz de Sofía sonó desde la puerta del balcón.
—¡Déjanos en paz!
Valeria giró aterrada.
Teresa la había traído en brazos creyendo que la situación ya estaba controlada, y la niña había bajado de sus brazos en el umbral.
Rodrigo desvió apenas la mirada hacia su sobrina.
Ese fue el error.
Julián se abalanzó desde atrás.
Lo derribó contra la baranda.
Los dos hombres forcejearon con violencia. El metal crujió. Valeria corrió a apartar a Sofía. El agente intentó ayudar. Rodrigo golpeó a Julián en la mandíbula y por un segundo pareció liberarse… hasta que Sofía, llorando y temblando, gritó algo que lo inmovilizó más que cualquier fuerza física:
—¡Papá te vio esa noche!
Rodrigo se quedó helado.
Valeria la miró.
—¿Qué has dicho?
Sofía respiraba entre hipidos.
—Yo estaba despierta… papá me cargó… dijo que si alguien preguntaba, dormía… te vi por la escalera con papá… estabas gritando…
El rostro de Rodrigo se vació.
Él no sabía que la niña había visto algo.
Y Valeria comprendió en ese instante que Sofía llevaba dentro un recuerdo más antiguo, enterrado por el trauma, que podía hundirlo todavía más.
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Pero no hubo tiempo para procesarlo porque, desde el despacho incendiado, se oyó un estallido fuerte de cristal y humo negro comenzó a invadir el balcón.
Las llamas acababan de alcanzar la puerta.