Chapter 5 - LA MUJER QUE SABÍA DEMASIADOCZ.

Eduardo, roto entonces por el duelo, la había hecho salir.
Octavia la llamó “oportunista”.
Ricardo la llamó “loca”.
Y él, para su propia vergüenza, había preferido creerles.
—¿Clara volvió después? —preguntó ahora.
Marta asintió.
—Varias veces. Nunca la dejaron pasar. Pero hace una semana la vi hablando con Tomás desde la verja del jardín cuando la señora Octavia estaba fuera.
Tomás, aún en brazos de su padre, levantó la cabeza.
—La señora del abrigo me dijo que mamá dejó una caja.
El mundo volvió a detenerse.
Eduardo miró a su hijo.
—¿Qué caja?
—No sé. Dijo que si sonaban las llaves de la terraza y tú no estabas, tenía que buscar a Marta.
Marta respiró de golpe.
—La terraza azul.
Eduardo la conocía. Era un pequeño solárium cerrado en la antigua suite de Elena, un espacio al que casi nadie subía desde su muerte.
—¿Por qué no dijiste esto antes?
Tomás bajó la vista.
—Ricardo me vio hablar con ella. Me dijo que si contaba algo, me mandarían muy lejos y ya no te volvería a ver.
Eduardo cerró los ojos un instante. Luego habló con una calma dura como vidrio.
—Martin, blinda esta casa. Nadie entra, nadie sale. Sebastián, quédate con Marta y Tomás. Yo subo a la terraza azul.
—No irá solo —dijo Martin.
Subieron juntos.
La suite de Elena seguía casi intacta, porque Eduardo nunca permitió reformas allí. La terraza azul estaba cerrada con una llave antigua escondida dentro del tocador. Marta la recordó. La puerta cedió con un pequeño chirrido.
Había macetas secas, una chaise longue cubierta con tela blanca y un viejo baúl de viaje empujado contra la pared.
Dentro del baúl encontraron fotos, cuadernos de notas, facturas impresas, un disco duro externo y una libreta pequeña con un elástico negro.
La tapa de la libreta llevaba escrito:
“Si ya no estoy, no confíes en Ricardo.”
Eduardo sintió que la habitación se inclinaba.
Abrió la libreta.
Eran notas de Elena:
fechas de reuniones,
transferencias sospechosas,
comentarios sobre discusiones oídas a escondidas,
menciones al doctor Navarro y a Octavia,
y una entrada que destacaba por encima de todas.
“Ricardo dijo: ‘Si el niño cumple cinco bajo su ala, perdí la empresa para siempre.’ Octavia respondió: ‘Entonces no lo hará bajo tu ala. Lo haremos parecer ingobernable. Y si Eduardo sigue viajando, mejor para todos.’”
Martin leyó por encima de su hombro.
—Esto es demoledor.
El disco duro contenía más.
Videos de seguridad copiados desde cámaras internas antes de que alguien pudiera manipularlas:
Tomás sentado solo durante cenas.
Octavia retirándole un juguete por llorar.
Ricardo diciéndole “los bebés que lloran comen después”.
El doctor Navarro observando en silencio mientras el niño temblaba en la habitación del sótano.
Pero el archivo más devastador de todos era uno de audio.
Se oía claramente la voz de Clara Vega hablando con Elena.
—Si publico esto ahora, destrozo a la familia —decía Clara.
—No aún —respondía Elena—. Primero necesito proteger a Tomás. Si me pasa algo, entrégaselo a Eduardo cuando ya no puedan esconder quiénes son.*—
Eduardo dejó de respirar.
—Ella sabía que estaba en peligro.
Martin no respondió.
No hacía falta.
Siguieron revisando los archivos hasta que llegó Sebastián, jadeando, con el teléfono en la mano.
—Tenemos otro problema.
Eduardo ya odiaba esa frase.
—Habla.
—Clara Vega llamó al número privado de Elena hace diez minutos. El desvío seguía activo en el servidor antiguo y Marta contestó. Clara dijo que no confía en hablar por teléfono. Quiere reunirse esta noche.
—¿Dónde?
Sebastián apretó los labios.
—En el antiguo pabellón de caza de los Laurent, junto al lago.
Martin frunció el ceño.
—Es una trampa posible.
—O la única persona fuera de esta casa que sabe cuánto llevaba esto en marcha —replicó Eduardo.
Tomás apareció en la puerta, sostenido por Marta. Su carita seguía húmeda por el llanto.
—Papá...
Eduardo se agachó.
—Estoy aquí.
El niño apretó un dibujo en la mano.
—Lo hice en el cuarto oscuro.
Eduardo lo tomó.
El dibujo mostraba una mesa larga, mucha gente comiendo y un niño atado a una silla. Pero al fondo, detrás de todos, había una puerta entreabierta y una figura femenina observando desde la sombra.
—¿Quién es ella? —preguntó.
Tomás se encogió.
—La señora que vino cuando yo lloraba. Dijo que mi mamá no se cayó sola por las escaleras.
El silencio se volvió insoportable.
Eduardo alzó la mirada hacia Martín y Sebastián.
Clara Vega no solo sabía del plan contra Tomás.
Podía saber la verdad sobre la muerte de Elena.
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Y en la esquina inferior del dibujo, escrito con la torpeza de un niño de cuatro años, había una palabra que heló a Eduardo hasta los huesos:
“Ricardo.”
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